EL EMPADRONAMIENTO

No estar empadronado significa vivir al margen de la sociedad. Que nadie conozca tu existencia administrativa implica que nadie cuenta contigo para ayudarte a resolver tus problemas y tampoco para planificar los servicios públicos. Al excluir a una parte de la sociedad de la realidad, la Administración no puede planificar con eficacia. Los servicios públicos estarán condenados a la insuficiencia y al caos.

 Si estás en situación de necesidad pereces, porque no existes. Sólo la caridad pública puede ocuparse de ti, al precio del mantenimiento de tu clandestinidad y de una probable humillación por tu condición de paria social.

 Esta actitud de no empadronar choca frontalmente con las expectativas de los excluidos,  que desean fervientemente la visualización, la “regularización” y poder ejercer los mismos derechos y cumplir los mismos deberes que sus vecinos. Ser igual que todos y no diferente en todo. Además es una flagrante ilegalidad en un estado de derecho, que además dejó hace mucho, mucho, de ser una sociedad de castas o de estamentos.

 Quien fomenta el no al empadronamiento favorece la creación de un grupo al margen de la sociedad. Un grupo que no puede aspirar a nada,  ni defenderse de los atropellos, al mismo nivel que los demás. A plazo incluso muy corto, esta actitud es un disparate que puede generar grandes tensiones sociales. A veces, esperemos que las menos, hay gente poderosa que piensa que es bueno disponer de un chivo expiatorio para culparlo de todos nuestros fallos sociales, delincuencia, paro, mal funcionamiento de servicios públicos…Todo mentira. Una mentira que puede convertirse en parte en realidad si se empuja a estos colectivos, mediante la negación de su existencia, a buscarse la vida al margen de los cauces de los que se ha dotado la sociedad.

 En nuestra historia europea, en el pasado,  han sido frecuentes estas situaciones de excepcionalidad. Por razones religiosas, culturales, o  de origen étnico e incluso nacional, se excluyó a determinados colectivos sociales del orden regular de la sociedad de su tiempo. El siguiente pasó fue su persecución, expulsión y a veces al final el exterminio físico. Hoy como europeos libres y demócratas nos avergüenzan estos episodios y no queremos que se repitan bajo ninguna circunstancia. Por otra parte, no deja de ser paradójico que algunos que durante mucho tiempo denunciaron su discriminación  cultural o nacional, sean ahora los que practican similar ninguneo.

 Si esta reprobable actitud prosperase sería fácil imaginar la continuación: negativa a prestar servicios universales, tipo sanidad o educación; condena inmediata al trabajo negro; persecución policial;exclusión urbana, expulsión de cualquier forma y a cualquier sitio, naturalmente sin garantías procesales ningunas. Más carne de cañón para   los territorios de la exclusión social y urbana y al final para nuestras cárceles

 Quienes piensan que esta es una forma de evitar la inmigración ilegal, se equivocan. Naturalmente que tiene que haber un control en el acceso al país, de acuerdo con la legislación vigente. Pero criminalizar a los que ya lo han hecho, no resuelve las cosas. En sus países de origen viven situaciones peores que no podemos ni imaginar. Seguirán viniendo.Tampoco calibramos bien los esfuerzos que los seres humanos, hacen por llegar a España desde lejanos confines, con la esperanza de tener una oportunidad en su vida.

 Vivimos ahora un mal momento económico, del que no acabamos de salir. Eso nos exige un esfuerzo a todos y como siempre, mayor a los que más tenemos, los ciudadanos “regulares”, que también somos los que más nos hemos beneficiado con esa presencia  los años de vacas gordas. Debemos pensar que cuando esta situación pase, seguiremos necesitando fuerza de trabajo para aquellas actividades que nos garanticen el bienestar, el crecimiento de la riqueza, algunas prestaciones sociales y la presencia de la diversidad, que en opinión de quien escribe estas líneas, es una garantía de progreso en todos los campos.

 Alejemos por tanto cualquier tentación exclusivista que está en la base del racismo, la xenofobia, el totalitarismo  o simplemente, de la estupidez humana. Todos los que residen en un territorio, tengan o no, documentos regulares, o trabajo, o vivienda fija, deben ser empadronados. Otra cosa es que luchemos contra las redes que explotan el desamparo social y la vulnerabilidad de las personas más débiles. Para eso está la policía, los fiscales y los jueces.

 Si queremos luchar eficazmente contra las emigraciones masivas, luchemos de verdad por mejorar las condiciones de vida en los sitios donde se producen. Y tengamos paciencia.

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