La ciudad diversa encierra en su seno formas distintas de habitar, perfectamente válidas. Este es el caso sobre el que reflexiona Salvador Moreno Peralta, arquitecto malagueño que estuvo siempre en la avanzada de las experiencias, en su ciudad y también allende los mares. Esta forma de habitar, que ahora muchos años después muestra  todas sus virtudes, costó mucho poner en marcha hace ya veinte años. Entonces no lo denominabamos así, pero luchábamos por una ciudad diversa, por una ciudad más justa, donde las formas de habitar tradicionales tuvieran la oportunidad de evolucionar y los habitantes de esos entornos el derecho a disfrutar de su ciudad de la forma que siempre habían querido.  Salvador describe bien lo que ha pasado.

    La ciudad  silenciada

No es cosa de restarle méritos a todos los que  se esfuerzan en realizar su labor lo mejor que pueden desde el casillero que en la sociedad les ha tocado ocupar.  Y mucho menos a los que realizan esa labor con brillantez y notoriedad.  Pero hay otras personas renuentes al primer plano, pequeños atlas que soportan el peso de lo cotidiano, admirables orfeos que descienden a esos infiernos que la ciudad oculta bajo las mentiras del sol, de los días y de las noches, del  bullicio programado y de los refulgentes escaparates de sus calles céntricas. Son, por ejemplo,  los trabajadores y trabajadoras municipales  del Área de Bienestar Social de Málaga, de corazón tierno encerrado en un caparazón duro como la realidad que afrontan cada día: la inmigración, la indigencia, la droga, la ruina moral, la infancia abandonada, la vejez desvalida,  los SIN vivienda, los CON vivienda, pero violentamente insatisfechos…toda la embarazosa gama de los “otros”.  Son esos funcionarios ejemplares que se han ganado el salvoconducto para penetrar en esos territorios del oprobio donde no entra ni la policía. No están en exclusivos clubs de alta tecnología, no pertenecen a ninguno de esos “observatorios” de lo evidente, no se les oye, no pretenden ser una referencia de nada. Simplemente han comprendido que la ciudad, antes que ninguna zarandaja publicitaria,  es un espacio para la convivencia y han decidido recuperarla allí donde más inconcebible resulta.

Hacía mucho tiempo que no pisaba los barrios de Trinidad y Perchel, desde que el poder, montado en una excavadora con la fiereza de un carro de combate, abría al tráfico la calle Jaboneros, celebrando  el triunfo de un goliath que hubiera  estado esperando a que los davides vecinales  estuvieran viejos y cansados. Pasé por sus desoladas calles y sus cráteres catastrales hace meses, y la indignación me dio la idea de escribir la historia de este Plan como metáfora de una progresía que tuvo el cinismo de utilizar sus principios filantrópicos  contra la dictadura para luego meterlos en un banco cuando llegó al poder. La defensa de la permanencia de los vecinos trinitarios en su lugar de origen era un arma más contra la especulación franquista. Vencido el monstruo de muerte natural en su cama,  era ya hora de pasar a la especulación democrática, pues mantener a las clases populares en el centro de la ciudad era “una deseconomía”. ¡Ah la jerga de los postmodernos  bandidos de cuello blanco!  El libro habría de resultar áspero y amargo, como corresponde a la crónica de una derrota.

Pero el otro día pude asistir al concurso anual de embellecimiento de patios y corralones  que el Centro de Servicios Sociales de la calle Cañaveral tiene instituido hace tiempo. La sorpresa mayúscula es que aquellas casas que se diseñaron hace veinte años por un nutrido grupo de arquitectos entonces jóvenes e ilusionados- y que imaginaba   completamente degradadas- eran unos vergeles, unos oasis de decoro, de limpieza y de convivencia, como si toda la dignidad que faltara en el espacio público estuviera ahí  resguardada. Patios ajardinados y  pulcros como patenas que no podían ocultar su prestigiosa progenie, desde el “impluvium” romano al “ryad” magrebí o el conventillo rioplatense. Pinchados en la pared, en la fresca penumbra de los zaguanes, unos carteles establecían el pago de los alquileres, el orden semanal de  limpieza en  los espacios comunes, las reglas instintivas de una manera de vivir solidaria, civilizada, culta,   hecha posible por una arquitectura en su momento denostada, que los vecinos adoptaron  como suya, hasta el punto de vivirla con el mismo espíritu comunitario de los corralones originales,  pero ahora con cuartos de baño y cocinas individuales, más macetas, más flores y mil imágenes del Cautivo.  El impagable trabajo  del Centro de Servicios Sociales  ha logrado una profunda conciencia de autoestima, de identidad, de arraigo y pertenencia a un lugar. Ha demostrado que en la jungla del asfalto habitar puede ser  un acto creativo y no un  hosco repliegue defensivo. Lo que se está haciendo ahí es precisamente solucionar el principal problema que tienen planteadas las metrópolis. El pensamiento urbano reciente,  desenmascarado por la crisis, ha hecho que las ciudades compitan ferozmente como  empresas, entregándose a la religión del planeamiento estratégico, eufemismo que significa: cuidemos la imagen, vendámonos como putas en un escaparate de Amsterdam y metamos debajo de la alfombra todo aquello que no se puede enseñar. Y así los conflictos de las ciudades estallan en sus entrañas mientras seguimos creyendo que la solución vendrá de la mano de un icono mediático que nos ponga en el mapa: el rostro de lo real oculto por la máscara de lo impostado.

Leía hace poco en estas páginas que nuestra ciudad es referente mundial de las ciudades-museo en red o algo así; no sé lo que es eso, pero me temo que tenga la misma trascendencia que ser el referente mundial del boquerón frito.  Mientras tanto, en un barrio abandonado del que sólo nos acordamos los Lunes Santo, unos maravillosos vecinos  y unos ejemplares trabajadores sociales están logrando que entre el estiércol crezcan más de cien “brotes verdes” de convivencia sin necesidad de cámaras ocultas ni guardias de seguridad. Pero por alguna razón interesa que esta experiencia permanezca silenciada, quizá para que no se nos  venga abajo  el tinglado de la nueva farsa urbana que entre todos hemos montado, manteniendo los  sustanciosos réditos que nos ha estado proporcionando el oficio de ordeñar la Nada.

Salvador Moreno Peralta

www.morenoalboran.blogspot.com

Málaga, 29 de junio 2009

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