Melilla ¿por qué no?

En relación con la diversidad y la ciudad, he recuperado esta nota escrita con ocasión de un viaje a Melilla.

Hace algún tiempo tuve la oportunidad  de visitar Melilla, ciudad española en el Norte de África. He de reconocer que esta visita me dejó muy gratamente impresionado por muchas razones. Trataré de concretar algunas.

Melilla la Vieja, conjunto de recintos fortificados que fueron creciendo desde la fundación, allá por 1497. Se encuentran muy bien conservados, se pueden visitar  y el conjunto transmite al viajero, desde el fondo de la Historia, una sensación de sosiego muy gratificante. Las vistas desde la muralla hacia el mar y hacia la ciudad nueva son impresionantes. Esta última aparece dominada en la distancia por el Monte Gurugú (en territorio de Marruecos), un antiguo volcán en cuyo solar se libraron terribles batallas en la infausta “Guerra del  Rif”. Una curiosidad: en una casa dentro de la fortificación nació Fernando Arrabal. El montículo sobre el que asientan las fortalezas está literalmente horadado como un queso, por innumerables galerías que excavaron los diferentes defensores en los frecuentes asedios. Impresiona la monumentalidad del conjunto y tal vez más incluso el empeño que los sucesivos moradores mostraron a lo largo de cinco siglos por defender para España esta roca, con frecuencia desasistidos de todo apoyo desde su propio país, que los ignoró más de una vez. Para una visita pausada calcúlese tres o cuatro horas.

De la ciudad nueva, la Melilla Modernista deja literalmente sin habla. Sobre un ensanche extramuros se fueron construyendo a partir de finales del XIX innumerables edificios de todos los estilos arquitectónicos y decorativos que se dieron en el mundo desde esa época hasta mediados del siglo XX. Todo está allí representado, desde el propio modernismo que le da el nombre hasta el eclecticismo, el expresionismo, el decó, el funcionalismo, el racionalismo… Abundantes y muy buenas son las muestras del Movimiento Moderno. Además el barrio, de apreciable dimensión, es el corazón comercial de la ciudad y manifiesta  un estado de conservación más que aceptable, siendo  lugar de encuentro de todas las culturas. Su sola visita justificaría el viaje a Melilla. Para un conocimiento a fondo calcúlese toda una vida,(Antonio Bravo sabe mucho de esto) pero una primera descubierta puede hacerse en tres o cuatro horas.

La sociedad melillense revela evidentes signos de interculturalidad. La imagen de la calle es que lo de las cuatro culturas tal vez sea algo exagerado, por lo que se refiere a judíos e hindúes que son muy pocos, pero es totalmente evidente  para  musulmanes y “neseranis”. Allí siempre se utilizó la expresión “convivencia” para referirse a una pauta de relación social que hoy se considera, en la cada vez más mezclada sociedad peninsular,  un desideratum de la “Integración Social”. Ateniéndose a las pruebas, los melillenses  vienen practicando de antiguo la gestión de la diversidad, convirtiendo su ciudad en un proactivo laboratorio social de tolerancia y compatibilidad, en el marco de  la diversidad como característica más general. Habría que preguntarles cómo han ido resolviendo la  gestión local de la cambiante socieada y ciudad . Aprenderíamos todos. La convivencia se percibe por todas partes; la insularidad del territorio la  ha favorecido sin duda. Esta actitud  social puede que haya ayudado algo a  que la sociedad melillense sea tan culta y conocedora de su historia y de sus valores patrimoniales o sociales. Emociona conocer el número y la actividad de las sociedades históricas o de defensa de los valores locales de todo tipo.

La costa resulta también sorprendente. Junto a un conjunto de playas urbanas bien cuidadas, que se sitúan en el frente urbano del litoral,   se encuentran en el  norte del territorio, unos monumentales acantilados que manifiestan cierto abandono. Son un poco el patio trasero de la ciudad. Todo ello a una escala casi micro, puesto que la superficie total de Melilla apenas supera los catorce kilómetros cuadrados y el litoral se extiende a lo largo de ocho kilómetros, diez siendo generosos.

En esta rápida visita no debe silenciarse tampoco algún que otro disparate urbanístico con una impronta arquitectónica bárbara, en el peor sentido del término. A destacar el único remedo de rascacielos situado en la costa, literalmente sobre el histórico cargadero de mineral que también necesita solución respecto a su uso actual. La valla que separa a Melilla de Marruecos es un elemento que no puede silenciarse en esta apretada revista, algunos la consideran como el sexto recinto defensivo. Los dramáticos acontecimientos de hace unos años parecen un recuerdo, pero el elemento separador allí sigue. Su visión, muy fácil desde el recinto interior, deja pensativo.

Y ¿qué se puede comer en Melilla? Pues, como es lógico, en este rincón del Mediterráneo prima el pescado. Siempre fresco y variado. Se recomienda una visita a la sección de pescado de la plaza de abastos. A destacar las afamadas gambas y cigalas de la Mar Chica (albufera próxima,  en territorio marroquí, que surte a Melilla) y en general el pescado frito en diversas formas. No hay que olvidar que aunque esté enclavada en el Norte de África, Melilla es una ciudad andaluza más por el habla y las costumbres que por la arquitectura. En la cocina hay también rasgos de una evidente diversidad, como no podía ser de otra forma. Así se detectan, junto a los influjos anteriores, los propios  de la cultura  árabe y de la gastronomía mediterránea. Todo  muestra el  mestizaje culinario. No estoy autorizado a decir nombres comerciales de restaurantes en este blog, pero estoy dispuesto a trasmitirlos boca a oreja. Hay algunos que quitan el hipo.

Resumiendo y aunque el transporte resulta caro para los turistas, especialmente el aéreo que se ejerce en régimen de monopolio, lo que dudo que sea bueno para la ciudad,  es muy recomendable una visita al menos de un fin de semana. Nunca se sentirá uno desilusionado. Melilla recompensa siempre. Además visitándola contribuiremos a romper su relativo aislamiento y a que los melillenses sientan que el esfuerzo desplegado durante siglos por ser diferentes, ha merecido la pena.

Luis González Tamarit

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