Las fronteras del cambio

La periferia debe ser entendida aquí como espacio de frontera no necesariamente físico, aunque esa dimensión no está excluida y menos aún lo está el “paisaje” entendido como percepción del territorio que ocupa. Podría definirse como el último ámbito donde se aplica la “norma”, es decir la regulación que hace el sistema social de muchos aspectos de la vida. Sería aquel espacio social y con frecuencia físico, en el que la permisividad respecto al cumplimiento del “orden” es mayor. Más allá de ese “límite”, de este espacio fronterizo, el orden es otro. Probablemente estaríamos en los territorios de la exclusión y la marginalidad, con los que este espacio de frontera se articula con frecuencia además.
En estos ámbitos suelen registrarse unas cuotas de libertad, creatividad, solidaridad y diversidad que superan a las que se registran en los espacios centrales del sistema. Y ello es así aún cuando la manifestación de estos valores siga también pautas propias. Es decir, se suele plantear de forma diferente, lo que requiere un esfuerzo de comprensión a quienes están habituados a las formas establecidas desde el orden imperante.
Los territorios de frontera son espacios donde se genera intercambio, encuentro, diversidad, fusión… en términos sociales y culturales. Hay procesos de “mestizaje” que con frecuencia tienen su origen en las “fronteras” y trascienden desde allí a todo el conjunto de la sociedad.
La tesis de estas líneas es que muchas veces es precisamente en estos ámbitos donde se originan procesos de cambio social que llevan a la ruptura del paradigma social, a la crisis del orden imperante y a su sustitución por un orden diferente, nuevo, en cuya génesis la fusión tiene una parte decisiva.
Cuando me refiero a la periferia estoy pensando no sólo en términos abstractos. Me refiero por ejemplo a la aparición de prácticas sociales que, originándose en ese ámbito y aún cuando se las consideren al inicio como marginales, terminan por consolidarse y crecer, alcanzando al conjunto de la sociedad. Esto no es nunca un proceso lineal, que podríamos llamar “desde la clandestinidad al triunfo social”, sino que como proceso social encierra una gran complejidad en la secuencia de su desarrollo, con avances y retrocesos, transformaciones y permanencias.
Estas prácticas sociales tratan de dar respuesta a necesidades reales o imaginadas en esos mismos ámbitos, que de forma usual también son necesidades que pueden calificarse como universales: producir, relacionarse, intercambiar, reproducirse, ocupar espacio físico, alojarse, moverse… Las respuestas se producen, utilizando instrumentos y conceptos diferentes, en términos culturales (la lengua, la música, la literatura, el arte en general) sociales (el mestizaje) o económicos (intercambios de bienes)…
Algunos ejemplos que pueden ayudar a comprender este concepto de la frontera como espacio del cambio.
Cuando en los años ochenta se creó en Andalucía una corriente de pensamiento y de práctica que trató de dar nuevas respuestas a la cuestión del alojamiento, se estaba trabajando en un territorio de frontera: fórmulas como la Autoconstrucción (la producción de vivienda por los propios moradores) la Rehabilitación del Patrimonio (recuperar lo construido para alojar a la gente) o la Arquitectura Bioclimática (uso de fórmulas eficaces de construir recuperando elementos y diseños tradicionales para asegurar confort climático) daban respuestas muy eficaces (miles de viviendas) en el límite de la práctica usual.
Otro ejemplo: la incomprensión que se alega de las macrociudades del Tercer Mundo, en realidad es resultado del desconocimiento de los procesos reales (los que la población practica a diario) que se desarrollan en esos ámbitos periféricos. Se estudia poco y se conoce mal cómo la gente ocupa el suelo, construye, trabaja, se relaciona, produce, crea su cultura… En general lo hace en condiciones nada fáciles pero sobrevive y “progresa”. Sin embargo, visto desde el “centro” casi todo es marginación, anomia y confusión. Una ciudad que se expande a un ritmo frenético y cuyos efectivos humanos crecen de forma exponencial, suele contener una sociedad de periferia o frontera, que trata de dar respuesta a necesidades reales estableciendo sus propias normas, al margen de la “legalidad”. Surgen soluciones a problemas que no pueden abordarse con las fórmulas usuales, que llegan tarde, están lejanas o no sirven. Se ensayan soluciones que unas veces funcionan y otras no y que, aún cuando parecen surgir de forma espontánea, siempre contienen el germen de un orden diferente, apuntan en la dirección del cambio encerrando una intencionalidad.
Si pensamos como se han constituido nuestros países en el pasado y las sociedades que los conforman, veremos que en buena medida ha sucedido trabajando sobre los espacios de frontera, que no eran sólo territorios de enfrentamiento sino también de contacto e intercambio con la diferencia. Las sociedades se construyen sobre la fusión, sobre la incorporación continua de novedades que impulsan el cambio y asedian a la sociedad y a la cultura dominantes. En muchos casos, este proceso se inicia en los espacios de frontera.
Los países y las sociedades evolucionan, con frecuencia, a partir del contacto y la relación con esas realidades diferentes en los espacios de frontera. Hoy existe un concepto que trata de reflejar esta idea de diferencia en términos actuales, recogiendo las implicaciones de la globalización. Se trata del término “diversidad” que hace referencia a la diferencias en variados planos que caracterizan a las sociedades modernas, por los procesos de emergencia de minorías diferenciadas por su género, origen nacional, orientación sexual, vinculación con el trabajo… La diversidad de nuestras sociedades remite a la constitución continua de territorios interiores, con normas de funcionamiento en redefinición permanente y con procesos a veces complejos de reconocimiento de esa diferencia como parte del orden general. Tal vez este hecho, que obliga a adoptar una forma distinta de gobernar, basada en la gestión de la diversidad, sea el aspecto más relevante de los procesos de cambio de nuestras sociedades. Por decirlo de una forma literaria es como si la frontera hubiera triunfado sobre el orden tradicional, trasladando al conjunto del territorio social los aspectos que en otros tiempos eran constitutivos de la excepción e incluso de la lejanía física.
Luis González Tamarit
Versión revisada del artículo publicado en el blog http://www.laciudadviva.org/

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